Mucho se está debatiendo por estos tiempos sobre el lenguaje inclusivo[1]. Mi intención aquí es compartir mi experiencia con respecto al mismo. Por tanto, lo que voy a decir no sirve en sí para defender una postura, pues no ofrezco argumentos. Pero sí creo que suma a la reflexión sobre el tema.
En el año 1995 (hace 23 años ya) entré al seminario y estudié latín. Ahí me sorprendí con el hecho de que esta lengua tiene tres géneros: neutro, femenino y masculino. Fue uno de esos descubrimientos que “te abren la cabeza”, donde te das cuenta que las cosas pueden ser distintas a como uno siempre las conoció o pensó. Y sentí un pesar por el hecho de que mi lengua materna no posea el neutro. En ese momento el feminismo no tenía la fuerza que hoy tiene. Menos en los contextos donde yo me manejaba. Las teorías de género eran para mí todavía un mundo a descubrir. Por tanto, mi pesar no era por reconocer el español como una lengua machista que subordina lo femenino (y demás géneros) a lo masculino. Mi pesar se debía al límite que encontré en mi idioma natal. No me permite expresar exactamente lo que quiero expresar. Si uso el masculino para referirme a mujeres y varones, sencillamente no estoy pudiendo decir lo que quiero decir. La lengua me encorseta. Quienes estudian idiomas saben a qué me refiero. Es por esta dificultad que se formuló el dicho “traduttore traditore”, que significa “el traductor es un traidor”. Muchas veces no existe la palabra precisa que exprese lo dicho en otra lengua. Del mismo modo hay ideas, conceptos, que no encuentran la palabra apropiada en un idioma determinado.
No sabría explicar porqué, pero esta experiencia me marcó. Me refiero al límite de mi lengua materna en el aspecto concreto del género. Fue una idea que siempre permaneció en mi cabeza. Casi un anhelo por ser algún día libre y escapar de esta jaula lingüística.
En el año 2007, docente yo, me tocó un curso conformado por 37 mujeres y un varón. Saludar y dirigirme a mis alumnes con el masculino lo experimentaba excesivamente forzado y molesto. Pero a su vez, estando en una sociedad machista y homofóbica, usar el femenino era también incómodo. Volví a sentir, y con más fuerza, el límite del lenguaje. El pesar de 1995 se transformó en rebeldía. Cada clase con ese curso revivía en mí la bronca de quien se siente enjaulado y anhela la libertad. Envidiaba a los romanos que gozaron del neutro.
Todo lo relatado hasta aquí explica porqué asumí con naturalidad, y casi con alegría, el “todos y todas” de nuestra presidenta Cristina Fernández. Después vino el “@” (después en mi experiencia personal) como una especie de libertad parcial. De apoco la jaula se iba abriendo y los límites rompiendo. Pero faltaba algo: podía escribir pero no hablar con el neutro. No obstante, experimenté el “@” como un gran alivio.
Tal vez algunes piensen que exagero al expresar mis emociones respecto de este tema. Pero la verdad es que para mí sí fue y es una experiencia intensa. En general soy una persona que sufre los límites, y me siento constantemente empujado a romper barreras. No las soporto.
En este camino, digamos “emocional”, sumé lectura, estudio, formación y reflexión. Hoy estoy convencido que el lenguaje no es inocuo, y que este tema hace también a la igualdad y los derechos. Esta conciencia intensificó en mí la experiencia del “neutro faltante”, porque refiere también a una cuestión de justicia, por siglos esperada.
Si han podido seguir mi relato, y ponerse en mis zapatos, podrán imaginar lo que significó para mí ver y escuchar hablar fluidamente con lenguaje inclusivo a Natalia Mira, vicepresidenta del centro de estudiantes del colegio Carlos Pellegrini (Bs. As.). Fue como el sueño del pibe cumplido. Quedé fascinado y mi alegría fue inmensa. Esa niña me mostró que era posible lo que hasta ese entonces creía que no. Y por la misma razón me indigné muchísimo por todas las burlas referidas a su hablar inclusivo. Lo que para mí era un momento de gloria, otres lo ridiculizaban.
Todo lo que relaté hasta aquí es mi experiencia personal. Pero esta experiencia coincidió felizmente con un proceso social, traccionado, fundamentalmente, por la lucha feminista. En el año 1995, cuando estudié latín, soñé que algún día se instale el neutro en el castellano. Pero creí imposible ver yo este cambio. Y Natalia Mira me ilusionó que tal vez no muera sin contemplarlo.
He leído y escuchado muchas críticas hacia el lenguaje inclusivo. Hasta de mujeres feministas. Y comprendo, porque hablar distinto a como lo hemos hecho toda la vida implica un esfuerzo, que tal vez no tenga mucho sentido hoy. Como he leído en algunos artículos, hay otros derechos más importantes por los cuales luchar. Y si bien el lenguaje no está desconectado de estos derechos y es, sí, una forma de dominación y de sostener la desigualdad entre los géneros, tal vez no sea el paso que convenga dar hoy. Yo pienso que existen muchas injusticias en el mundo, pero no todas valen lo mismo. Por eso es importante elegir las luchas. Una vez que hemos conquistado los derechos más importantes podemos ir por los demás. A la inversa no es muy estratégico. Tampoco es posible librar todas las luchas a la vez y tener varios frentes abiertos. Desde esta mirada comprendo las críticas. Pero no acepto que en sí mismo el lenguaje no sea importante. Hoy o mañana deberemos dar el debate y generar el cambio en toda la sociedad, porque sí influye en nuestras relaciones. Sí es una forma de dominación, de discriminación y de sostener la desigualdad. Es muy gráfico al respecto el artículo cuyo link agrego al final.
Volviendo a mi experiencia personal, quiero agregar que mi cerebro hace más de 20 años que funciona distinto al de la mayoría. Es más de la mitad de mi vida. Todo lo vivido me ha llevado a tener hoy un terrible problema a la hora de redactar. Mi cerebro ya no escribe espontáneamente en masculino al referirse a un grupo mixto. Tampoco escribe todo en inclusivo. Mezcla ambos lenguajes. Si redacto un mensaje de whatsapp para un grupo integrado por varones y mujeres, tengo un problema: estoy obligado a revisar mi mensaje y corregirlo, si quiero que sea coherente. Ese esfuerzo que otres prefieren ahorrar, yo estoy forzado a hacerlo. Tengo dos opciones, entonces: o paso todo a masculino, o paso todo a inclusivo. Y ya que necesariamente debo tomarme este trabajo, mi opción es por el cambio[2].
[1] Entendemos aquí como lenguaje inclusivo aquel modo de escribir y/o hablar que no utiliza el masculino como genérico para referirse a grupos de ambos sexos, o que atiende a una diversidad más amplia de opciones e identidades sexuales. Por tanto no nos referimos aquí al lenguaje que incluye a personas con alguna dificultad para comunicarse, como personas mudas o hipoacústicas.
[2] Lamento que la palabra “cambio” tenga hoy una connotación negativa para muches de nosotres, pues creo que expresa en sí algo maravilloso.
Video de Natalia Mira hablando en lenguaje inclusivo: https://www.youtube.com/watch?v=IwozaE24z_w
Uno de los tantos artículos sobre el lenguaje inclusivo. Éste me pareció particularmente interesante: http://ctxt.es/es/20180704/Firmas/20472/RAE-lenguaje-inclusivo-linguistica-femenismo-igualdad.htm

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